La escucha, un factor determinante en nuestras presentaciones.

“Lo que diferencia el escuchar del oír es el hecho de que cuando escuchamos, generamos un mundo interpretativo. El acto de escuchar siempre implica comprensión y, por lo tanto, interpretación. (…) Escuchar es oír más interpretar.” (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica S.A., Argentina, pág. 146).

Al escuchar codificamos los sonidos de las palabras que llegan a nuestros oídos y representamos una idea de la información que recibimos, la cual debe adecuarse a nuestros parámetros de percepción. Ya que cuando no podemos asociar ideas con lo que nosotros conocemos previamente nos cuesta comprender el mensaje. Y por lo tanto, sí somos responsables de transmitir ideas, ya sea como voceros de una organización, docente, conferencistas, o simplemente cuando sostenemos conversaciones nos encontramos ante la necesidad de identificar de qué forma podemos hacer una descripción más exhaustiva de nuestras ideas para demostrar nuestras hipótesis. Dado que sino acercamos las distancias entre lo que nosotros pensamos y decimos, y la interpretación de quien recibe ese mensaje podemos correr el riesgo de que el contenido no sea interpretado correctamente.

Las interpretaciones no dependen de lo que se ve o se escucha, sino de la idea que cada uno se formule mentalmente a partir de la información que recibe. Por lo tanto, acercar el mundo del emisor con el receptor del mensaje depende de la precisión con la que describimos las ideas que deseamos transmitir.

Consideramos que un ejercicio que todos podemos realizar antes de hablar en público, es pausar el hablar para pensar cómo hacer más simples nuestras ideas. Para describir con precisión el contenido a transmitir, y por último, adecuar el lenguaje para que llegue efectivamente al destinatario final de ese mensaje.

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Actitud positiva. Una herramienta para lograr seguridad y transmitirla en las presentaciones.

Pensar en las exposiciones orales suele ser un factor estresante para muchas personas que no desean hablar en público o por lo contrario, que tienen muchas ganas de realizar una ponencia, pero sienten que no la van a desarrollar eficazmente. En cualquiera de los dos casos, una clave necesaria es acallar sus voces internas. Aquellas que resuenan en su cabeza como por ejemplo “no voy a poder”, “el auditorio me va a destrozar”, “qué necesidad tengo de pasar por esto”. Esas pueden ser frases conocidas para nuestros lectores, como así también podrán identificar las propias, las que resuenan en sus cabezas cuando les solicitan que hagan una presentación o cuando simplemente se proponen hablar en público.

Considerar que estas palabras pueden debilitarlos, es un avance hacia determinar el camino para componer una presentación efectiva. Esta idea permite reconocer cuáles son los factores que consideran que los debilitan, antes de pensar en la preparación de la ponencia. Una vez reconocidos estarán en condiciones de identificar los siguientes pasos. Para ello proponemos en primer lugar, reflexionar acerca de qué actitud quieren tener cuando se presente ante un auditorio. Luego que busquen entender a su público y analicen qué les gustaría recibir a Ustedes si estuvieran escuchando esa presentación.

Inicialmente hablamos de trabajar con una actitud positiva. Está no es una frase para motivarlos como oradores, sino que consideramos que es una acción que implica estar concentrados en lo que desean generar en el auditorio, y lo que están dispuestos a dar. Debido a que en gran parte de ello dependerá lo que van transmitir, y lo que van a recibir de su público.

Una actitud positiva movilizará a las personas hacia el alcance de una emoción positiva, ya que las emociones son contagiosas, y ellas colaborarán para que su público este más cerca emocionalmente de sus expectativas.

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